Cuatro fuerzas ocultas que moldean las economías nacionales
Los debates públicos sobre el comercio internacional suelen reducirse a un conflicto sencillo y familiar: «libre comercio» frente a «proteccionismo». Unos defienden los mercados abiertos y la competencia global, mientras que otros reclaman aranceles y barreras para proteger el empleo nacional. Sin embargo, esta visión binaria pasa por alto la realidad, mucho más compleja e interesante, de cómo se forja en realidad la política comercial de un país.
Pero, tras las puertas cerradas donde se decide la política comercial, la conversación rara vez gira en torno a la teoría económica pura. Se trata de asegurar votos, apostar por las tecnologías del futuro y navegar por un laberinto de reglas invisibles diseñadas para favorecer al equipo de casa. Este artículo presenta cuatro ideas contraintuitivas que revelan las fuerzas ocultas que impulsan las políticas comerciales que afectan a nuestras economías y a nuestras vidas.
1. La política comercial trata a menudo de votos, no solo de economía
Un concepto clave para entender la dimensión política del comercio es la teoría de la elección pública (Public Choice Theory). Esta teoría sostiene que las decisiones políticas a menudo se guían por el interés propio racional de los políticos y de los grupos de interés organizados, más que por la búsqueda del bien común. En materia de política comercial, esto significa que decisiones económicamente ineficientes pueden resultar políticamente rentables.
Los políticos pueden apoyar medidas como aranceles o cuotas no porque beneficien a la economía en su conjunto, sino porque proporcionan beneficios concentrados a un grupo pequeño, bien organizado y políticamente influyente. Ese apoyo puede traducirse en votos y donaciones para las campañas, incluso si la política impone costes mucho mayores, pero más dispersos, al resto de la población.
Un ejemplo clásico de esto fueron los aranceles al acero del gobierno de Bush a principios de los años 2000. Los aranceles estaban diseñados para proteger a la industria siderúrgica estadounidense, concentrada en regiones clave desde el punto de vista político. Aunque la medida benefició a los productores de acero y a sus trabajadores, encareció los costes de todas las empresas que utilizaban acero, desde los fabricantes de automóviles hasta las constructoras. El perjuicio económico para el grupo, mucho más amplio, de consumidores de acero superó los beneficios obtenidos por los productores, lo que dio como resultado un efecto neto negativo para la economía. Fue la teoría de la elección pública en acción: una política mala para la economía, pero eficaz para asegurar apoyo político.
2. Proteger las «industrias nacientes» es un arma de doble filo
Uno de los argumentos más antiguos a favor del proteccionismo comercial es el llamado «argumento de la industria naciente», formulado por figuras como Alexander Hamilton. La idea parece lógica: una nueva industria nacional es como un niño, demasiado débil para sobrevivir frente a competidores internacionales consolidados y poderosos. Por ello, el gobierno debería protegerla temporalmente con aranceles u otras barreras hasta que pueda madurar, alcanzar las economías de escala necesarias y competir a escala global.
Si bien el objetivo es cultivar ventajas comparativas a largo plazo, esta estrategia está plagada de riesgos significativos que pueden conducir a ineficiencias económicas permanentes.
- Riesgo de elegir las industrias equivocadas: los gobiernos no siempre son los mejores jueces de qué sectores tienen un potencial real. Pueden terminar desperdiciando recursos nacionales al proteger industrias que nunca llegarán a ser competitivas a escala global por sí mismas.
- Riesgo de una protección prolongada: lo que comienza como una protección «temporal» puede convertirse con facilidad en permanente. Una vez que están protegidas, las industrias suelen presionar a los políticos para mantener las barreras, en lugar de esforzarse por innovar.
- Riesgo de dependencia permanente: las industrias pueden volverse dependientes de la ayuda estatal y dedicar sus esfuerzos a mantener la protección indefinidamente mediante presión política, en vez de luchar por una competitividad real.
3. Las barreras comerciales más poderosas suelen ser invisibles
Cuando la mayoría de la gente piensa en barreras comerciales, piensa en aranceles, es decir, un impuesto directo sobre los bienes importados. Sin embargo, en la economía moderna, las barreras no arancelarias (NTB, por sus siglas en inglés) suelen ser mucho más restrictivas, complejas y menos transparentes.
Estas barreras «invisibles» pueden adoptar muchas formas y están diseñadas para restringir el comercio sin imponer un impuesto directo. Algunos ejemplos habituales son:
- Cuotas: límites absolutos a la cantidad de un determinado bien que se puede importar durante un periodo.
- Restricciones de acceso a las redes de distribución: normas que dificultan que las empresas extranjeras introduzcan sus productos en la cadena de suministro local.
- Obligación de utilizar proveedores locales: requisitos en los contratos públicos que obligan a utilizar empresas y materiales nacionales.
Una de las barreras no arancelarias más contraintuitivas es la restricción voluntaria de exportaciones (VER, por sus siglas en inglés). En este caso, un país exportador acepta «voluntariamente» limitar la cantidad de bienes que envía a otro país. La nación no lo hace por buena voluntad, sino bajo una enorme presión política del país importador. La VER es una elección estratégica para evitar una alternativa peor, como la imposición de aranceles o cuotas obligatorias y muy severas. Fue una táctica habitual en sectores como las industrias del automóvil y del textil a finales del siglo XX.
4. A veces los gobiernos apuestan por ganadores: un juego arriesgado
Una justificación más moderna de la intervención gubernamental se encuentra en la teoría del comercio estratégico (Strategic Trade Theory). A diferencia del proteccionismo tradicional, que protege a industrias fracasadas o ineficientes, esta teoría defiende un apoyo gubernamental proactivo para ayudar a que una empresa o industria nacional prometedora alcance una posición de dominio global. Esto es especialmente relevante en sectores intensivos en capital y basados en tecnología, como la industria aeroespacial o la alta tecnología, en los que solo compiten a escala mundial unas pocas grandes empresas.
El gobierno, mediante instrumentos como las subvenciones, básicamente «apuesta» por un posible campeón nacional. El objetivo es ayudar a esa empresa a superar las altas barreras de entrada y lograr una posición inicial decisiva, creando así una ventaja comparativa nacional en un sector estratégico de alto valor. Por ejemplo, un gobierno puede conceder subvenciones para el desarrollo de nuevos conceptos de centrales nucleares. No se trata de proteger una industria ya existente, sino de un intento ambicioso de crear y liderar un mercado global futuro.
Sin embargo, esta estrategia es enormemente arriesgada. Entre los principales desafíos se encuentran la enorme dificultad de elegir las industrias y empresas correctas a las que respaldar, el alto potencial de provocar medidas comerciales de represalia por parte de otros países que perciben esas subvenciones como competencia desleal y la tensión inherente entre los intereses lucrativos de una corporación y los intereses económicos más amplios de la nación.
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